Desde que murió mi prima Andrea, le he perdido el gusto a caminar por las calles de Madrid. Siempre lo hacíamos juntas; y la verdad sea dicha: no es lo mismo sin ella.

A Andrea siempre se le ocurrían las ideas más locas, pues era partidaria de vivir al límite y guiarse por sus propios impulsos. También tenía una capacidad extraordinaria para sacar el punto más mordaz a todo lo que veía u oía. Nunca pensaba en las consecuencias de sus palabras o sus acciones; según ella, hacer eso era cosa de cobardes. Siempre me he preguntado por qué, teniendo en cuenta mi estresante trabajo y mi falta de tiempo libre, me preocupaba tanto por intentar hacer un hueco y quedar con ella. Supongo que me sentía mucho más joven a su lado, a pesar de que ambas éramos ya mujeres adultas con una diferencia de edades relativamente pequeña: tan sólo cuatro años. También influía el hecho de que mis padres y yo fuésemos sus únicos parientes cercanos vivos; eso me hacía sentir, de alguna manera, responsable de ella.

Recuerdo con especial cariño las dos últimas salidas que hice con ella poco antes de que muriera. Me llamó una tarde de Navidades para ir a comprar libros al centro; era una excusa como otra cualquiera, porque, que yo sepa, Andrea jamás leyó voluntariamente ni un solo libro en su vida. Siempre los leía cuando le obligaban en el colegio. Tal vez por ese motivo acabamos en Sol, corriendo por la plaza como niñas pequeñas, asustando a las palomas.

—¡Vamos al Congreso, prima! ¡Quiero que me hagas una foto abrazando a los leones! —a Andrea siempre se le ocurrían ideas así de peregrinas e infantiles. Y yo siempre la secundaba en sus juegos, aunque solamente fuera para disuadirla. O bueno, para qué negarlo: sus juegos a veces me divertían. No obstante he de reconocer que, en la mayoría de las ocasiones, acababan exasperándome, y me encontraba siempre buscando la manera de distraerla de sus travesuras.

Obviamente, no nos sacamos la foto abrazando a los leones; y eso que Andrea hizo un gran esfuerzo tratando de convencer al policía que encontramos a la entrada del Congreso para que hiciera la vista gorda. Así que, decepcionada, decidió conformarse con la idea de entrar al hotel Palace para tomar un café.

—¿Estás loca? —le dije—. ¿Tienes idea de lo que nos va a costar ese café?

Andrea me sacó la lengua.

—A ti nada, porque te voy a invitar; ayer cobré la paga extra. Además, concédeme ese capricho... siempre he querido entrar a un hotel de lujo a hacer un poco el trasto.

A decir verdad, el café no me supo mucho mejor que el que tomo normalmente en casa, aunque supongo que el hecho de que Andrea pellizcara al camarero en las nalgas cada vez que éste no tenía más remedio que pasar junto a nuestra mesa, tuvo algo que ver en mi incomodidad. Todos los clientes nos miraban como si fuésemos delincuentes.

—Vámonos de aquí, nos están mirando mal y me estás haciendo pasar mucha vergüenza —susurré a mi prima.

—Pues entonces démosles motivos para que nos miren mal... —Andrea me guiñó un ojo con malicia.

Yo no supe hasta después lo que haría Andrea. Llamó al camarero para pagar (el pobre la miraba con cara asesina), y cuando nos levantamos para marcharnos, tropezó con una silla de una mesa vecina y cayó al suelo, desparramando por el piso el contenido de su bolso, que estaba aún abierto. De paso, volcó la silla y la mesita en una aparatosa caída que, a decir verdad, se me antojó completamente fingida. Me enfadé y me avergoncé tanto por su forma tan descarada y escandalosa de llamar la atención, que salí rápidamente de allí sin siquiera ayudar a Andrea a levantarse y a recoger sus pertenencias del suelo.

Esperé a mi prima enfrente de la fuente de Neptuno. Venía con una sonrisa de satisfacción tan amplia, que supe que la historia aún no había acabado. Es más, su rostro radiante de traviesa felicidad me decía que una de sus diabluras estaba en marcha. Yo temía ese rostro sonriente, porque siempre, sin excepción, era sinónimo de problemas. Me daba miedo preguntar, pero sabía que no tenía alternativa:

—¿Qué has hecho esta vez?

Andrea sonrió y sacó de su bolso un teléfono móvil de última generación, con pinta de ser carísimo. Miré la marca y el modelo del terminal: efectivamente, no era el móvil de mi prima.

—Estaba sobre la mesita que he derribado, ahí solito y desamparadito sin su dueño. El pobrecito esperaba ansiosamente ser adoptado por una nueva propietaria más atenta y cuidadosa —me dijo con su mejor sonrisa de niña buena—. Se mezcló con las cosas de mi bolso, y todo el mundo pensó que era mío.

—¡Pero eso es robar! —me escandalicé—. ¡Tenemos que volver y devolvérselo a su dueño!

—Podríamos, en efecto —convino Andrea—. Pero sería mucho más divertido llamar a casa del propietario con su propio móvil y tomarle un poco el pelo, antes de quedar con él.

—Andrea —me puse muy seria, intentando razonar con ella—. Nadie apunta en la agenda de su móvil su propio número de teléfono. ¿Cómo piensas localizar al dueño?

Entonces Andrea sonrió aún más, y sacó (esta vez del bolsillo de su abrigo) un billetero de hombre de piel marrón. Una cartera preciosa, y probablemente también muy cara. Se me cayó el alma a los pies.

—También estaba solita en la mesa, junto a mi nuevo teléfono móvil —musitó, con esa odiosa sonrisa satisfecha—. Seguro que en el DNI encontramos el número de teléfono y la dirección del propietario, ¿no crees?

—Por el amor de Dios, Andrea, volvamos al hotel —supliqué, a punto de perder el control—. Además, tienen cámaras de seguridad, te habrán grabado... Volvamos, por favor, y diremos que en la confusión te los llevaste sin querer... no sé, ya improvisaremos algo, pero te pueden denunciar... Andrea, por favor, piénsalo...

—Mujer, no te apures, que vamos a devolver todo a su dueño. Pero lo haremos a mi manera... te diré lo que vamos a hacer: cada una de nosotras se va a marchar a su casa, para darle tiempo a... —Andrea abrió el billetero y sacó un documento de identidad de su interior— Juan José Pereira a llegar a su casa y lamentarse por ser tan estúpido como para dejar sus pertenencias solas en una mesita de cafetería. Uf, prima, menudo anciano está hecho este hombre; es casi tan viejo como tú —Andrea guardó de nuevo el DNI en la cartera robada—. Esta noche llamaré al teléfono que figura en el carnet de este pavisoso, y quedaremos con él para poder devolverle todo.

—Espera, espera —respondí, atónita—. ¿Quedaremos? ¿Devolvamos? ¿Por qué hablas en plural? A mí no me metas en esto, Andrea.

—Anda tonta, si va a ser muy divertido; además, así te sacas novio de una vez, que a este paso, y valga la redundancia, se te va a pasar el arroz. Esta noche te llamo y te cuento cómo ha ido todo.

No conseguí convencer a Andrea para que cambiara de opinión, así que al final nos fuimos cada una a su casa: Andrea, feliz por su nueva travesura, y yo angustiada por lo que pudiera pasar. La tarde se me hizo eterna, esperando la llamada de mi prima; que se produjo a las 11 de la noche, justo cuando yo ya estaba a punto de subirme por las paredes de mi dormitorio.

Andrea parecía decepcionada. Por lo que me dijo, el tipo ni siquiera se había molestado en insultarla o en poner una denuncia. Esto último me sorprendió.

—Tendrías que haberle oído, prima —me contó—. Todo amabilidad y buenos modales, sin perder la calma en ningún momento. Ni siquiera cuando le dije que no iba a devolverle ni su teléfono, ni sus tarjetas de crédito, ni nada de nada.

—¡Estás loca! —chillé al auricular—. ¡Devuélveselo todo, son sus cosas!

—Calma prima, no te estreses, que a tu edad los nervios son malos para el corazón. Sólo se lo dije para pincharle un poquito. Al final le he dicho que mañana le esperaremos a las 6 frente a la fuente de Neptuno.

Colgué, enfadada porque de nuevo Andrea me había involucrado en sus estratagemas. De todas formas, tanto ella como yo sabíamos que allí estaría yo al día siguiente, puntual a las seis frente en el lugar indicado. Lo cierto es que me picaba la curiosidad: ¿por qué el tal Juan José no había puesto una denuncia? Aun suponiendo que no hubiera sido lo bastante listo como para deducir que le habían robado (muchas luces, pensé, no debía de tener; prueba de ello era que había dejado sus cosas solas y sin vigilancia sobre la mesa), lo normal hubiera sido que hubiese denunciado la pérdida de su documento de identidad y, sobre todo, de sus tarjetas de crédito.

La reunión fue muy distinta a como yo la esperaba. El tipo, que aparentaba algunos años más de los que su DNI testificaba, llegó en un lujoso coche e impecablemente vestido pocos minutos después de las seis de la tarde. Se deshizo en amabilidad y simpatía con nosotras, a pesar de que debería estar hecho una furia; e incluso nos invitó a un café (si bien esta vez no en el Palace, para mi alivio personal). Se mostró encantador todo el tiempo, sobre todo con Andrea, que miraba a este hombre como si fuera su nuevo héroe. El tipo nos contó que era empresario, que había quedado con un cliente en aquel lugar, y que pensó que había olvidado las cosas en el hotel. Dijo que había dejado recado en recepción, y que había decidido dejar pasar el tiempo antes de presentar una denuncia en comisaría. A mí su historia me sonó falsa, pero no expresé mis dudas en voz alta. Sin embargo, a Andrea le debía estar sonando a gloria, a juzgar por la cara ensoñadora con que miraba al joven empresario; aunque dudo mucho que llegara a escuchar con atención a aquel hombre. El señor Pereira se estaba metiendo a mi prima en el bolsillo a marchas forzadas, y saltaba a la vista que estaba intentando seducirla, con bastante éxito. Por eso no me extrañó en absoluto que, a los pocos días, Andrea me llamara entusiasmada para contarme que había vuelto a quedar con él. Así que decidí manifestar mi desconfianza en ese momento, pues aquel extraño empresario no me terminaba de caer bien.

—Andrea, ten cuidado, ese tipo no es trigo limpio. No hagas ninguna locura, a saber qué querrá de ti.

Lo que sucedió después fue algo que jamás me perdonaré, aunque ya me había ocurrido con anterioridad, debido a los cambios de horario de Andrea y a mi movilidad laboral: progresivamente dejé de ver a mi prima. En aquellos tiempos la gripe hizo estragos en la oficina, así que los que no la contrajimos tuvimos mucho trabajo extra y poco tiempo libre. Por su parte, Andrea dejó de llamarme, y supuse que habría tenido uno de sus habituales cambios de turno en el trabajo, o que estaría muy ocupada con su nuevo amor; o tal vez ambas cosas. Y yo dejé que el tiempo pasara, sumida en mi monótona existencia y en mi solitaria vida laboral, con viajes de negocios al extranjero, con noches de soledad junto a un buen libro y sobre todo, echando mucho de menos las salidas locas con mi prima Andrea, esperando a que ella me llamara. Finalmente decidí tomar yo la iniciativa; así que empecé a llamar a casa de mi prima, pero nunca daba con ella. Probé también con su número de teléfono móvil, pero había sido cancelado, y cada vez que me pasaba por su casa, nadie respondía al timbre; la portera me comentó que Andrea ya casi nunca pasaba por su piso. Pregunté a todos los amigos de Andrea que conocía, pero sabían tan poco como yo. Muy a mi pesar en aquel entonces, pero mucho más después teniendo en cuenta lo que sucedió, perdí por completo el contacto con mi prima. Aunque he de reconocer que en su día no le di demasiada importancia... ya me había sucedido antes, pues Andrea era muy dada a dejarse absorber por actividades nuevas, y también a hacer viajes locos en solitario, de los cuales nadie sabía nada hasta que volvía, cargada de fotos y postales y experiencias emocionantes, y reclamando de nuevo la atención que, según ella, le habíamos negado, provocando su búsqueda de diversiones alternativas. Así que esperé, ingenuamente, a que diera señales de vida.

Por eso me enteré por los periódicos de que Juan José Pereira era el nombre ficticio del líder de una secta, que se había lucrado del dinero de sus adeptos y que se había esfumado con éste, dejando a sus víctimas con el cerebro lavado, esperando el día del Juicio Final o alguna paranoia similar. Por eso no denunció el robo de su documentación: porque era falsa y sabía que tenía más que perder si denunciaba que si callaba el hecho. A veces pienso que meter a Andrea en su secta fue la manera que tuvo de vengarse por el susto que mi prima le dio al robarle las cosas; al fin y al cabo, ella era la única persona de la secta que no se ajustaba al alto perfil económico de las víctimas de este timador; de hecho, las posesiones de mi prima eran más bien parcas. Y he de admitir que ese maldito cabrón realizó un trabajo excepcional con ella: tardó menos de nueve meses en acabar con la brillante aunque infantiloide mente de Andrea. Mis padres y yo, los únicos parientes cercanos de Andrea, tuvimos que encerrarla en un psiquiátrico.

Cuando se estabilizó y se nos permitió a los familiares acudir al centro a verla, fui a hacerle una visita, sintiéndome culpable por haberla abandonado con aquel timador. No estaba en absoluto preparada para lo que me encontré: una chica escuálida y de mirada vacía, sin alegría ni espontaneidad, y con nulo interés en su propia vida. Una chica que había perdido toda iniciativa. La Andrea que yo quería, la Andrea que había conocido, que se había emancipado forzosamente a los 19 años debido a la muerte de sus padres, y que había intentado demostrar al mundo que era autosuficiente y responsable, la Andrea que se empeñaba en no cultivar su extraordinaria inteligencia, ya no existía. En su lugar me encontré con una autómata sin voluntad, una cáscara vacía con la apariencia de una de las personas que más había querido en mi vida.

Para mí, Andrea murió una tarde de Navidades en el hotel Palace.


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